PALABRAS
E IMÁGENES
Jean-Paul Desgoutte
ABSTRACT
How to co-ordinate the tools that allow
us to analyse words with those that allow us to analyse images?
How to promote the development of a Semiology of audio-visual
enunciation, next to a Linguistics of verbal enunciation?
After examining F. de Saussure’s, and Ch. S. Peirce’s contributions
to a general theory of reference, it follows an overview of
É. Benveniste’s and Lacan’s takes on symbolic order and the
linguistic subject. Discursive elements of audio-visual narrative
are then traced and identified. Image is seen both as a form
of writing that congeals the visual flow and as gaze’s memory.
It might be said that audio-visual production leads to the
elaboration of a new kind of “writing” that frees image from
its analogical function in benefit of its conventional character.
As well, this new kind of “writing” tends to promote its semiotic
value —symbolic— to the detriment of its referential value
—realist.

¿Cómo coordinar las herramientas que permiten
analizar la palabra con aquellas que permiten analizar la
imagen, favoreciendo así el desarrollo, junto a la lingüística
de la enunciación verbal, de una semiología de la enunciación
audiovisual?
1.
LA METAMORFOSIS DEL SIGNO
En verdad, palabra e imagen,
siendo ambos signos —portadores de sentido— poseen cada uno
una forma específica de significación. El sentido de una palabra
procede de la economía del código que la alberga y la nutre;
el sentido de una imagen [-] está ampliamente determinado
por el contexto de su enunciación. [-] La imagen hace
que un universo de enunciación se corresponda con un universo
referencial. No opone un significante concreto a un significado
conceptual, sino un significante actualizado a un referente
virtual o latente. La imagen remite pues, en primer lugar,
a un referente que ella misma reduplica, no sin antes dotarle
de una forma, mientras que el significante verbal, la palabra,
construye el signo por mediación de un sistema simbólico “arbitrario”
—gramática y léxico— que tal significante actualiza en lo
real.
La imagen y la palabra son
así los momentos extremos de un mismo proceso de semiotización,
que permite pasar de la figura motivada al símbolo
inmotivado, dejando emerger al significado como paradigma
de los contextos de la enunciación. El significado
es la memoria de los contextos en los cuales se manifiesta
el enunciado.
2.
LO ARBITRARIO DEL SIGNO
Saussure [(1969, p. 101)] ha
acentuado aquella parte del sentido que está ligada a lo arbitrario,
afirmando que los signos inmotivados son más adecuados
que los otros para alcanzar el ideal del procedimiento
semiológico — o dicho de otro modo, para crear un consenso
acerca de un referente.
En efecto, el sentido procede de la multiplicidad posible de interpretaciones
del contexto por el (o los) sujeto(s) de la enunciación. Es
así el efecto de un proceso en dos tiempos: un tiempo enunciativo
que liga el contexto con la figura que lo representa (se trata
de su componente [semántica] según la
terminología de Benveniste) y un tiempo propiamente simbólico
que asocia la imagen visible del signo a su concepto
invisible.
La radical modernidad del signo saussureano
se debe a la afirmación de que la materialidad del signo no
puede oponerse a la idea que este conlleva. La puesta bajo
tutela del sentido es inherente a la teoría de Saussure, para
quien cada signo verbal se supone que asocia íntimamente una
figura sonora y un concepto, pero no tiene valor sino en el
interior del sistema que este constituye con sus semejantes.
Las palabras no remiten a las cosas, ni incluso a los conceptos.
Las palabras —en tanto que elementos del sistema de la lengua
— portan en sí, consubstancialmente, su sentido.
El sentido de una palabra es inseparable
de su forma e inaccesible sino a través de esta; incluso si
la relación entre forma y contenido es inmotivada, convencional,
arbitraria. Más allá del signo verbal, la naturaleza arbitraria
o inmotivada de las relaciones de significación caracterizan
a la actividad simbólica o, dicho de otro modo, a la actividad
humana o cultural en general.
Saussure introduce así la idea de una continuidad
entre el universo del sentido y el universo de la forma. Esta
idea será retomada y desarrollada por Benveniste, quien precisará
que el sentido y la forma son los productos recíprocos de
procesos inversos de integración y de análisis1.
La conclusión saussureana sobre la descripción
del signo condujo a Benveniste, por una parte, a introducir
explícitamente al referente como el tercer elemento del proceso
de significación y, por otra parte, a disociar las unidades
lingüísticas dependientes de la lengua de aquellas dependientes
de la enunciación.
3.
PEIRCE Y SAUSSURE
La semiología se ocupa del signo
y la semiótica del sentido. Es así como se podría sin duda
caracterizar mejor a aquello que aproxima y a aquello que
separa a Ferdinand de Saussure de Charles Peirce. El filósofo
americano Charles Peirce aporta aquella novedosa idea de que
el sentido no pertenece al objeto sino a la mirada, o, más
precisamente, que el sentido se inscribe en el momento del
reconocimiento.
La[s]
teorías de Peirce y Saussure no son contradictorias, contrariamente
a lo que se oye con frecuencia. Por una parte, porque estas
no se aplican estrictamente a los mismos objetos, por otra,
porque no persiguen los mismos objetivos. Sin embargo ambas
convergen o facilitan la asociación de los elementos necesarios
para una teoría general de la referencia2, que
se podría resumir un poco libremente de la siguiente manera:
1)
la significación se manifiesta
en primer lugar como una cualidad (“la referencia a un fundamento”)
que se aplica al ser3. Se puede hablar de una relación
unaria, autorreflexiva (o metonímica) del ser consigo mismo.
Esta relación está en el origen de la [ipseidad], o
dicho de otro modo, de la permanencia temporal de lo mismo.
2)
la significación se manifiesta
en segundo lugar como un correlato de dos objetos que autoriza
luego a clasificarlos bajo un mismo paradigma. Se puede hablar
de una relación binaria de similitud (o relación metafórica).
Esta relación permite identificar al otro como doble del mismo.
Es una relación de imagen o especular que establece lo idéntico
(el idem) y el espacio como lugar de la coexistencia
temporal.
3)
por último, la significación se manifiesta
en el proceso (ternario) de representación (que es, propiamente,
constitutivo del sujeto lingüístico o semiótico5).
La representación pone en relación un hic et nunc con
un alibi, un correlato con un interpretante6.
Reúne pues en un mismo movimiento los dos procesos precedentes
de permanencia temporal y de identificación espacial. Este
proceso que podemos calificar de enunciativo es el único en
rigor creador de sentido —en el movimiento mismo en el que
atribuye una figura a la separación o a la ausencia.
4.
LOS TRES TIEMPOS DEL SUJETO LINGÜÍSTICO
Esta interpretación del proceso semiótico
nos remite a un tiempo a los fundamentos de la lingüística
de la enunciación —tal y como los ha descrito Émile Benveniste
(1974:15) — y a la formulación lacaniana del legado psicoanalítico
freudiano (Lacan [1966])8.
Lo que está latente tanto en la obra de
Benveniste como en la de Peirce, es que el símbolo procede
de la imbricación de tres órdenes —que se podrían denominar,
con Lacan, real, imaginario y simbólico. El orden del
símbolo presupone y contiene a las instancias real e imaginaria.
La primera significación, ligada a la percepción, permite organizar el
mundo como lugar de manifestación o de presencia de cualidades
múltiples. La unidad del objeto procede de la permanencia
relativa de las cualidades que este manifiesta.
La segunda significación está ligada a la identificación o el reconocimiento
del objeto como parte carente de sí. Esta inaugura el espectáculo
como lugar de la ausencia.
La tercera significación constituye al sujeto como lugar de interpretación
del mundo, liberando al signo del contexto de su manifestación.
El sentido del signo deviene independiente del contexto de
su enunciación. Se ubica en el tesoro del código, poniéndose,
en adelante, a disposición de la creación de universos virtuales.
La imagen más fiable que se puede dar de
esta incrustación de registros puede tomarse prestada de la
descripción que da Émile Benveniste del sistema de “pronombres
personales” (Benveniste 66, 20). El YO mantiene consigo mismo
una relación indiciaria, metonímica, unaria; el TÚ introduce
la relación (metafórica) con el otro (imaginario) y el ÉL
—que Benveniste caracteriza como la no-persona, pues escapa
al proceso estrictamente discursivo— abre el campo simbólico
de la representación, lugar de “en otra parte”, o del relato.
Es en este no-lugar donde la semiosis se completa
en la cristalización del símbolo.
Si estas instancias se ordenan y se presuponen, en verdad ninguna de
ellas puede encontrarse en un estado libre. El sujeto (el
YO lingüístico o social) no es primero sino en apariencia
y no asume la totalidad de su función sino en el momento en
que se mira en los ojos del otro, en el momento en que se
oye en la respuesta que recibe del otro y en el lugar, fuera
de plano, en el que se ve conversar con el otro.
5.
LA ENUNCIACIÓN AUDIOVISUAL
El lugar predilecto de la manifestación
—simultánea y complementaria— de palabra e imagen es el discurso
en el que uno y otro intercambian a la vez palabras y miradas
según un proceso de puntuación —por turnos— que mezcla la
secuencia de las palabras con la secuencia de las miradas.
Pero, si es fácil dar cuenta del intercambio
de proposiciones verbales —poseemos la escritura para objetivar
el habla—, ¿cómo dar cuenta de las proposiciones visuales
que puntúan el discurso sino adoptando el punto de vista de
un realizador, a fin de elaborar un [montaje]
del acontecimiento que la memoria de las miradas establece?
El relato audiovisual se propone así como la reproducción de un acontecimiento,
real o imaginario, bajo el modo discursivo. O, dicho
de otra forma, propone una lectura del acontecimiento como
una secuencia de miradas y cadenas lingüísticas. Estos segmentos,
visuales y sonoros, simulan los puntos de vista y de escucha
de los actantes del acontecimiento y de la enunciación.
El relato audiovisual puede pues ser analizado como una concatenación
de miradas internas o externas al acontecimiento representado.
Añade a la retórica del discurso verbal una retórica del discurso
visual, estructurando la imagen bajo el modo de la palabra.
Los procesos de representación audiovisual mezclan la simbólica de la
palabra y la simbólica de la imagen en un juego de interacción
compleja en el que aquello que se da a ver y oír revela simultáneamente
una imagen del acontecimiento y una mirada sobre el acontecimiento.
La ruptura de continuidad
del significante analógico (esto es, la segmentación en planos)
manifiesta, en particular, de forma evidente, la intervención
del narrador en la exposición del acontecimiento de referencia.
Cada plano conlleva, además de su significación referencial
—de su contenido— una significación enunciativa o pragmática
que encubre (o manifiesta) una intención o un designio interpretable
por parte del espectador.
En directo o en diferido, el [montaje y la edición]
son simulaciones sutiles de los procesos de puntuación intersubjetivos
que tienen por objeto transformar el discurso en relato o,
incluso, hacer explícitos los elementos pragmáticos propios
del acontecimiento representado.
La mirada carga a la imagen de una intención. El diálogo es intercambio
de palabras pero además intercambio de miradas y de puntos
de vista. La puntuación de las miradas acompaña a la puntuación
de la cadena lingüística. La proposición verbal (el enunciado,
la frase —que Benveniste describe como la unidad de la lingüística
de la enunciación—) encuentra así su paralelo en la mirada,
definida como la unidad de puntuación del intercambio visual
(J.-P. Desgoutte 1998, pp.15-18 e infra p.54).
La alternancia de cadenas verbales y miradas fija simultáneamente al
sujeto en su doble función intersubjetiva (Yo/Tú) y al objeto
en su posición como tercero (Él), figura investida de carga
semántica. Este momento, fácilmente identificable en el intercambio
verbal, es también manifiesto en el intercambio visual. El
sujeto da a ver como da a oír. Y la imagen es una forma de
escritura que perenniza o coagula el flujo visual, como la
escritura verbal perenniza el flujo sonoro. La imagen es la
huella que deja la mirada sobre el objeto (de la misma forma
que la escritura es la huella que deja el habla en el espacio).
La imagen es la memoria de la mirada.
Si la proposición es la unidad de
análisis del discurso, es también, en este sentido, portadora
una intención sobre el otro. Esta intención, este intenté9,
está en el origen mismo del sentido desde el momento en que
este es percibido como tal por el interlocutor. Como el mensaje
acarrea una intención, es reconocido como signo por el otro.
De la misma manera, la mirada puede ser definida como la manifestación
de la intención del sujeto en la imagen que este ofrece, de
sí propio o del otro. El fundamento mismo de toda simbólica
se inscribe en la distancia entre la forma del mensaje y la
intención que este conlleva. El valor simbólico de un objeto,
su sentido, procede del reconocimiento por parte de uno de
la intención del otro y viceversa.
6.
LA ECONOMÍA DE LA PALABRA Y LA EMANCIPACIÓN DE LA IMAGE
El lenguaje verbal ha sido el lugar privilegiado de elaboración de unidades
simbólicas cuyo modo de significación es largamente independiente
del contexto de su manifestación. Instituye la autonomía de
lo simbólico en relación al contexto, permitiendo a los signos
verbales que se tomen unos a otros como referentes. La palabra
produce así su propio metalenguaje que puede, por otra parte,
aplicar a los otros sistemas de signos.
Mas nada prueba que no se trate
aquí de otra cosa que del desarrollo privilegiado de un cierto
tipo de escritura. El desarrollo contemporáneo de las formas
de relatos y de discursos audiovisuales nos conduce a interrogarnos
sobre la emergencia de formas de abstracciones y de elipsis
audiovisuales, que se podrían proponer en apoyo de representaciones
y de análisis de los relatos audiovisuales.
Se puede incluso pensar que el destino contemporáneo de la producción
audiovisual conduce a la elaboración de una nueva forma de
“escritura” que libera poco a poco a la imagen de su función
analógica en beneficio de su carácter convencional, y tiende
a valorizar su valor semiótico —simbólico— en detrimento de
su valor referencial —realista. Si se tiene esto en cuenta,
la función de estereotipo o de lugar común tenderá a oscilar
de la abstracción verbal a la abstracción visual, la imagen
abstracta, o la imagen-intermediaria, haciéndose cargo de
al menos una parte del papel de apoyo mítico del juego social
tradicionalmente reservado a la palabra...
Traducción
de Rocio Martínez Espada
(The University of Nottingham, U.K.)
NOTAS
1. “[...]
Podemos formular pues las definiciones siguientes: la forma
de una unidad lingüística se define como su capacidad
de disociarse en constituyentes de nivel inferior. El sentido
de una unidad lingüística se define como su capacidad de integrar
una unidad de nivel superior.
Forma y sentido aparecen así como propiedades
conjuntas, dadas necesaria y simultáneamente, inseparables
en el funcionamiento de la lengua. Sus relaciones mutuas
se descubren en la estructura de los niveles lingüísticos,
recorridos por las operaciones descendentes y ascendentes
del análisis, y gracias a la naturaleza articulada del lenguaje”
Benveniste (1966: 124-127)
2. “[...] La lógica trata de la referencia
general de los símbolos a sus objetos. Desde este punto de
vista, forma parte de un trivium de ciencias concebibles.
La primera se ocupará de las condiciones formales por las
que los signos significan, es decir, de la referencia general
de los símbolos a sus fundamentos o caracteres atribuidos,
y se podría denominar gramática formal: la segunda, la lógica,
se ocupará de las condiciones formales de la verdad de los
símbolos; y la tercera, que podríamos llamar retórica formal,
se ocupará de las condiciones formales de la fuerza de los
símbolos, es decir, de la capacidad que estos tienen de hablar
al espíritu, de su referencia en general a los interpretantes.”
Peirce (1987:31)
3. “La idea del ser se presenta al mismo
tiempo que la formación de una proposición. Una proposición
comporta siempre, además de un término que expresa la substancia,
otro término que expresa la cualidad de esa substancia; la
función de la idea del ser es unir la cualidad a la substancia.
La cualidad, pues, constituye en su sentido más amplio la
primera concepción del orden que nosotros hemos establecido
en el pasaje del ser a la substancia.” Peirce (1987:25)
4.
“Es en oposición o en armonía como una cosa se refiere a un
correlato, si se puede atribuir a este término un sentido
más amplio que aquel que le damos habitualmente. El momento
de la introducción de la idea de referencia a un fundamento
es la referencia a un correlato, y esta última constituye
pues la idea que viene después en el orden que nosotros hemos
establecido.” Ibidem, p. 26.
5. Peirce se opone a la idea cartesiana
de que el sujeto anida bajo un pensamiento, él mismo como
fuente del lenguaje. En este sentido prefigura el loquitur
ergo sum —[ se habla] luego existo— que
podría reivindicar el psicoanálisis lacaniano, desde el legado
freudiano.
“Si buscamos la luz de los
hechos externos, los únicos casos de pensamiento que podemos
encontrar son casos de pensamiento en los signos. Para decirlo
claramente, ningún otro pensamiento puede ser probado por
hechos externos. Pero hemos visto que es solamente a través
de los actos externos como podemos conocer el pensamiento.
El solo pensamiento, pues, que puede ser conocido, es el pensamiento
en los signos. Pero el pensamiento que no puede ser conocido
no existe. Todo pensamiento, pues, debe necesariamente ser
en los signos. [...]
De la proposición según la
cual todo pensamiento es un signo, se sigue que todo pensamiento
debe dirigirse él mismo a otro pensamiento y debe determinar
otro pensamiento, ya que tal es la esencia del signo. Esta,
finalmente, no es más que otra forma del bien conocido axioma
según el cual en la intuición, es decir, en el presente inmediato,
no hay pensamiento, o según el cual todo aquello sobre lo
que se reflexiona tiene un pasado. Hinc loquor inde est.
El hecho de que desde el instante en que se ha tenido un pensamiento
cualquiera se debe haber tenido otro pensamiento, es análogo
al hecho de que después de que ha pasado un tiempo se debe
haber tenido una serie infinita de tiempos. Decir pues que
el pensamiento no puede producirse en un instante sino que
requiere un cierto tiempo, no es más que otra manera de decir
que todo pensamiento debe ser interpretado en otro, o que
todo pensamiento es en los signos” Peirce (1987: 60)
6. “Conviene tomar aquí el
término de representación en un sentido más amplio, que algunos
ejemplos aclararán mejor que una definición. Así, una palabra
representa un objeto para la concepción que se encuentra en
el espíritu del oyente: un retrato representa a la persona
de la cual es el retrato para la concepción del reconocimiento;
una veleta representa la dirección del viento para la concepción
de aquel que sepa interpretarla y un abogado representa a
su cliente para el juez y para el jurado sobre los cuales
ejerce una influencia.” Peirce (1987: 27)
7. El efecto de sentido consecuencia de
la separación es constitutivo del sujeto —que se identifica
en el acto enunciativo. La enunciación primera separa al Innenwelt
del Umwelt, luego al aquí del “en otra parte”, que
se va a disociar de nuevo en otra parte espacial y otra parte
temporal. El otro como doble y el tercero como anticipación
de sí, pueden ubicarse también en este juego de puntuación
que poco a poco da sentido al universo —y, en especial, al
universo del niño que accede al lenguaje.
8. Cfr.
Desgoutte (1997: 17-22) [-]
9. “[...] la expresión semántica
por excelencia es la frase. Nos referimos a la frase en general,
incluso sin distinguirla de la proposición, para quedarnos
con lo esencial, la producción del discurso. Esta vez ya no
se trata del significado del signo, sino de aquello que se
puede denominar el intenté, de aquello que el hablante
quiere decir, de la actualización lingüística de su pensamiento.”
Émile Benveniste (1974: 225)
REFERENCIAS
BIBLIOGRÁFICAS
BENVENISTE,
É. (1966) Problèmes de linguistique générale, Vol.I.
París: Gallimard. Trad. castellana Problemas de lingüística
general I. México: Siglo XXI, 1989. (1974)
Problèmes de linguistique générale, Vol. II. París:
Gallimard.
DESGOUTTE,
J.-P. (1997) L’utopie cinématographique.París: L’Harmattan.
(1998) Motifs
de rupture. París: L’Harmattan.[-]
LACAN,
J. (1966) Ecrits. París: Seuil.
PEIRCE,
Ch. S. [-](1987) Textes fondamentaux de sémiotique.
Traducción de Berthe Fouchier-Axelsen y Clara Fox. París:
Klincksieck.[-]
SAUSSURE,
F. de (1969) Cours de linguistique générale. París:
Payot.
Jean-Paul
Desgoutte, lingüista y cineasta, es actualmente
profesor en la Universidad de París VIII. Dirige el grupo
de investigación INTERMÉDIA. Entre sus publicaciones se incluyen
L’écriture du coréen (París: L’Harmattan, 2000); [La
mise en scène du discours audiovisuel (Paris: L’Harmattan,
1999);] L’utopie cinématographique (París: L’Harmattan,
1997).